En otoño pasan cosas en el bosque.
Refelxiones de Luis Fernandez



Entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno, el bosque de alimentos sufre modificaciones fantásticas.

Cuando comienzan las primeras lluvias de la estación, oxigenamos los canteros con pala de diente (sin dar vuelta la tierra), sacamos alguna bueneza (de raíz), y abonamos con poco de ceniza, gallinaza y compost si es necesario.

Revisamos las zanjas de infiltración. Algo del material descompuesto durante el año en estas también lo agregamos a los bancales. Emparejamos con rastrillo y, pronto para sembrar.

Además, en este tiempo, trasplantamos árboles frutales y leguminosos, creamos o reforzamos cortinas de viento, integramos por aquí y por allá aromáticas y medicinales.

Intervenimos considerando las pautas de diseño, pero también lo intuitivo.

De todos modos, esto es lo menos importante, lo mágico sucede naturalmente.

Los días son más cortos y más frescos. Las cerrazones mañaneras hidratan las plantas que regalan sus mejores esencias. Mentas, malvas rosas y romeros; rudas, lavandas y salvias. Alquimia. Trasmutación vegental. Medicina del alma.

Sobre un cantero, junto a unas lechugas y zanahorias insipientes, veo un pequeño arbusto espinoso que no reconozco. Pienso en arrancarlo pero dudo, y al dudar no hago nada. En ese momento recuerdo a Fukuoka y a la entrañable escuela allá en la sierra, pintada de carobas. Sigo.

Los árboles de hoja caduca comienzan a desnudarse y sus hojas acolchan el suelo; una alfombra multicolor, un festín para la vista y los pies descalzos, también para el olfato.

Varias plantas de tomate cherry, germinadas naturalmente tarde, sobreviven sin desarrollarse debajo de un arazá. Si alguna logra pasar las heladas en el invierno quizás exploten en primavera con un vicio inusitado. La adaptación evoluciona lenta pero inexorable.

Mientras algunas especies se detienen otras despiertan. La consuelda, retraída en los meses más secos, crece y se extiende ganando espacio, profundizando raíces para extraer nutrientes y entregarlos a la parte exterior del sistema.

Las frutas de los cítricos comienzan a pintarse y los pájaros se alimentan con ellas. Las de arriba son para ellos, las de abajo si quedan, para nosotros. Planto y cuido para el universo, para mi madre la tierra; si sobra tomo y doy gracias. Y siempre sobra, porque así es el amor.

Cuando llueve torrencial voy a ver que sucede, Elda lo hacia y me lo trasmitió. El agua corre por el campo desde las zonas más altas y desemboca en zanjas de desvío e infiltración. Pasa de una a otra fluyendo, bajando la ladera, llevando nutrientes, vida en movimiento. Corrijo algún desvío o nivel. Sigo .

Pido y mastico consciente una hoja de calanchoe. Consciente bebo el agua que me empapa.

En el estanque croan las ranas debajo de troncos, piedras y ajenjos que se expanden desordenadamente. Por todos lados germinan acelgas, rúculas y perejil. El caos es perfecto.

La avena del año anterior, acostada en el verano después de terminar su ciclo, mulchea los espacios “vacíos”. Debajo de esta germinan el hinojo y la mostaza, la borraja y la caléndula, que serán junto a las leguminosas herbáceas un cubre suelo diverso, multifuncional.

La sinergia generada espontáneamente nos da las claves para una sociedad más comunitaria, sensible y sutilmente activa.

Los zorrillos dejan por todos lados pocitos en forma de cono invertido. Dentro de ellos tiro una semilla de haba o un diente de ajo; tapo y sigo.

Y los hongos, hongos por todos lados, para comer, para transformar… hongos.

Observo; admiro los árboles, voy imaginando una poda mínima para julio… si es necesaria.

Hay paltos de varios tamaños resistiendo el frío, acunados por el monte nativo, cada uno con su bufanda.

Alguna zinnia porfiada mantiene su flor algo marchita; pronto regalará sus semillas y renacerá en la primavera.

Pido una tangerina. La pelo sin apuro y sin apuro la voy comiendo. No está a punto aún, pero su olor me recuerda a mi niñez.

Las albahacas y stevias protegidas alargan su vida, incluso después de las primeras heladas.

Mientras la gramilla detiene su crecimiento, ganan espacios el trébol, la vicia y el lotus que nacen y crecen junto a los árboles, en los caminos, que trepan a los canteros.

La humedad acelera la descomposición; abajo del mantillo estalla la vida. Miles de seres interactuando, reproduciéndose, restaurando.

Diseñando y observando me diseño, me preparo para ser resiliente. El bosque me dice como, y avanzo sin ansiedad pero seguro hacia la transición que se muestra tan desafiante como imprescindible.

Los borradores en los que escribo estas reflexiones los entrego al compost y así cierro el ciclo una vez más.

En otoño pasan cosas en un bosque de alimento, afuera y adentro (en la zona 00). Sanamos y aprendemos.

Gracias, maestra.

 


 

 

 

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