Otra forma es posible

por Luis Fernández


“La Chunga” era una yegua mansa y vieja que compré para que mis hijos anduvieran en ella y de paso generaran vinculo con un animal espectacular. Debo reconocer que no soy “vichero” pero los equinos siempre me generaron una gran fascinación.

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Al tiempo solté la tordilla en un campo vecino y luego de unos amoríos con un rosillo (también viejo) la Chunga quedó preñada. Lo supe o imaginé varios meses después y entonces se me ocurrió cuidar y criar a ese animalito que venía en viaje de una forma especial.

Buscando información sobre como domarlo sin aplicar la violencia encontré la opción “doma india”. El nombre me sedujo en particular ya que desde hace unos años vengo investigando y aprendiendo sobre nuestros pueblos originarios, de echo mi campito se llama “Charrúa y Chaná”.

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Entre muchas opciones de esta doma me llamó la atención la de un argentino, Scarpati de apellido, que de niño vivió con un indio mapuche. Este le había trasmitido la sabiduría de “vivir intensamente el arte de amansar caballos con amor y respeto, mientras descubres un camino directo al desarrollo (crecimiento) personal”. Comencé a ver videos y a leer sobre este hombre y su oficio y tuve la certeza de que eso quería para “el Chunguito” y para mí.

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Unos meses después, contra todo pronóstico veterinario a causa de su edad, aquella vieja yegua parió en diciembre un potranco. Esa tardecita, a media luz, muy cerca del ranchito y bajo una añeja anacahuita, la abracé y lo abracé, lo tiré suavemente al piso, me acosté sobre él con cuidado, suavemente, sintiendo su respiración en todo mi cuerpo y viceversa hasta que los dos nos calmamos. Ese día, su primer día, fue también el mío como “domador indio”. Comenzamos a confiar uno en el otro; fue solo el comienzo.

No voy a explicar en qué consiste la “doma india Scarpati”, tampoco podría transmitir lo que se siente cuando humildemente nos trasformamos en un par y no en un ser superior frente al equino, solo decir que algo cambió en mí. Aprendimos juntos.

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Le dejo la clin y cola largas, como imagino la tenían los caballos de los charrúas hace 300, 400 años. Paso por debajo rozando con mi espalda deliberadamente su barriga; me paro detrás apoyando todo mi cuerpo sobre sus nalgas; de pie sobre él se queda quieto largos ratos, como sabiendo que me tira si se mueve (sabe); ando en pelo sin freno ni bozal, me lleva a donde quiero solo volcando mi peso sutilmente hacia un lado u otro, tirando apenas de la clin; si dejo colgando mis piernas e inclino mi cuerpo levemente hacia atrás se detiene, ajusto apenas mis rodillas y adelanto mi pecho para que comience a andar, lentamente, sin apuros.

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Olvidé decir que soy hombre de ciudad sin los conocimientos básicos para lidiar un caballo. Quizá sea lo mejor, iniciar sin preconceptos nuestros vínculos, desaprender si es necesario. Recordar, recuperar los conocimientos ancestrales y encarnar con pasión la ecología profunda nos sana, nos recompone y proyecta a una vida más plena y simple.

El Chungo tiene ahora cinco años y hace dos se fracturó una pata. Desde entonces no lo subo porque le duele. Pero cada vez que llego levanta la cabeza, clava las orejas y me viene a recibir, a saludar. Le palmeo la verija y la barriga, le acaricio las patas y manos, le rasco la frente y la barbilla, lo abrazo. Él se me recuesta, me huele, se aleja un poco y vuelve, lo abrazo otra vez. Lo quiero mucho, tengo que decirlo.
Somos buenos amigos.


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